Sobre el sentido del humor de los marroquíes

01/05/2019

Sí, lo sabemos, esta entrada puede parecerte un poco rara, pero es importante que sepas cómo son los marroquíes en general y quizás sonrías leyendo alguna anécdota personal nuestra que aprovecharemos para hablarte de su personalidad y su sentido del humor.

¿No te parece que el factor humano es esencial cuando se visita un país? ¿No es cierto que una ciudad bellísima deja de serlo tanto si las personas que viven allí son antipáticas y bruscas en su relación con quien les visita? Es poco probable que pensemos en regresar a un precioso país donde se nos ha tratado mal, donde la gente no se comunicaba o muy parcamente o donde no hayamos podido compartir una sonrisa. En cambio, más de una vez se nos pasará por la cabeza regresar a ese otro país que quizás no es tan espectacular (o sí), pero donde hemos podido compartir muchas conversaciones con su gente, experiencias de carácter festivo o muy agradables a nivel humano. Porque la belleza de los tesoros artísticos o monumentales se quedan grabados en la memoria pero quizás no en el corazón, en cambio los intercambios que hacemos como seres humanos con las personas que habitan otros lugares y otros paisajes y las sonrisas que compartimos con gente de otra religión, otra educación y otra cultura, esas se quedan para siempre en el corazón.

Marruecos es, en nuestra opinión, uno de esos países cuyos habitantes contribuyen con su personalidad y su cercanía, con su sentido del humor y sus ganas de conversar a que disfrutes enormemente del viaje y a que tu corazón regrese a casa contento, muy contento.

Siempre van a responder con humor a tus bromas, a tus muestras de proximidad respetuosa, a tus saludos y a tus ocurrencias fuera de lo establecido. Atrévete a mostrarte así y te verás muy recompensado. Piensa que no todos los viajeros son iguales, si les demuestras que no tienes ningún prejuicio, que les respetas como iguales y les consideras tus vecinos del sur y sobretodo que tienes sentido del humor, tienes mucho, créeme, mucho ganado.

A lo largo de estos años son tantas las anécdotas, tantas las risas compartidas, tantos los fuegos nocturnos bajo las estrellas con tambores y cánticos que rescatar alguna del baúl de los recuerdos para contártela aquí no es nada fácil, porque además el espacio es muy limitado.

Aquel día de abril, en una tienda de la ciudad de Azru, donde proliferan los artesanos talladores de madera de cedro de la región, la negociación estaba siendo muy dura. Sole, mi mujer, se había enamorado de una maravillosa mesa de madera veteada de cedro, muy característica de la zona, plegable y con tres patas entrelazadas que sustentaban una tapa redonda de madera con unas vetas que parecían dibujadas por un excelso dibujante. Os aseguro que soy un negociador duro porque tengo una idea bastante aproximada de lo que valen las cosas independientemente de lo que te piden inicialmente (ver mi artículo del regateo en la sección de Compras) aunque a menudo también me equivoco en mi tasación mental, faltaría más. Pero en aquella ocasión la cosa estaba muy difícil por la sencilla razón de que Sole había demostrado con claridad meridiana, al vendedor y a mí, que no se iba a ir sin ella.

Y ahí estábamos bromeando y riéndonos mientras negociábamos, pero en un punto equidistante a nuestras respectivas ofertas, sin ningún acercamiento por ninguna de las dos partes, desde hacía varios minutos. Él tenía la certeza de que yo acabaría aceptando su última oferta, porque sería mucho mejor que enfrentarme a un divorcio poco amistoso. De pronto, entró en la tienda el camarero de nuestro hotel, un chico joven, muy simpático, con el que habíamos charlado animadamente duranteun buen rato la noche anterior, con un té, después de cenar, porque fuimos los últimos en abandonar el restaurante. Tanto él como el dueño de la tienda hablaban español bastante bien. «Salam aleikum, buenos días» dice al entrar. «¿Qué hacéis aquí?». Y le cuento lo que pasa y nuestro desacuerdo. Sin decir nada, coge mi brazo derecho y me arremanga la camisa casi hasta el hombro, después señala con el dedo índice de la otra mano mi vena más prominente de la flexura del codo y le dice al vendedor: «¿pero qué haces? ¿tú ves esto eh tú ves esto? La mitad de la sangre que corre por aquí es como la tuya, como la tuya y como la mía. Que es español y de Granada este señor hombre, que somos primos hermanos. Se acabó». Y dirigiéndose a mí: «Dale un abrazo de primo hermano, págale y llévate tu mesa y cada vez que la mires en tu casa te acuerdas de Azru y de su gente». Y así lo hice entre risas que debieron oírse en esa Granada en la que por supuesto todos sabíamos que yo no había nacido. Y salimos de la tienda con una mesa preciosa que ocupa un rincón muy visible de nuestro salón y un delicioso recuerdo de la gente de Azru.